¿Dónde perdí el escudo abollado, y el estandarte hecho jirones tras mil batallas? Donde mismo enterré la espada, en cada uno de los chakras y más arriba, donde mi aura se pierde entre las estrellas.
¿Dónde quedó el sueño de la heroína que atraviesa las fronteras entre este mundo y los otros, y descubre su destino en tierras desconocidas? Se lo tragó la almohada de la doncella en apuros, en aquella larga noche donde no quiso dejar de llorar.
¿Qué significa esta debilidad que me absorbe, y a la vez me empuja a seguir pataleando por la vida? Es la nueva Fuerza, descendiente de los Fuegos de antaño, hija de las brujas de las historias que soñabas con escribir.
¿Qué tan lejos debo llegar para, por fin, acercarme a la verdad?
¿Cuántos cadáveres puedo guardar en el subterráneo de mi cuerpo, ese ser que se desdobla en el grito de la adversidad?
¿Cuántas muertes pasarán frente a mis ojos, sin que ninguna de ellas me pertenezca?
El tiempo de los Espíritus ha comenzado, y mi cuerpo no lo soporta.
¿Por qué hoy, y no ayer, o anteayer?
Llevo años sin entablar un diálogo real con mi energía y ahora que logro comprender los signos, la intensidad del cosmos golpea como un balazo en la sien. De prisa, un estallido sordo, no hay sangre que perder, no te vacíes, debes continuar, no retrocedas, no guardes rencor, no abraces la frialdad de la tumba, sé fuerte, sé fuerte, sé fuerte y ¿de dónde rayos saco la grandiosa fortaleza de mis antepasados? ¿Puedo ser creativa en esta fragilidad que me envuelve como un manto en medio del desierto?
¿Por qué estoy escalando la montaña que ayer observaba desde la ventana de mi casa? Mientras bebía una taza de té, percibía la trizadura de luz que se formaba entre el cielo y la cima más alta, y un escalofrío bajaba por mi espina dorsal. Algo en mí sabía que el camino se volvería empinado al amanecer, porque yo misma era el tragaluz por el cual se colaba (aquella traviesa) verdad que no tardaría en quemar todas las apariencias.
Nunca fui lo que -tal vez- pensé que sería.
Nunca viajé a esos sitios que -tal vez- soñé con pisar.
Nunca cumplí las promesas que -tal vez- me hice para no abandonarme a las pesadillas.
Y digo tal vez porque -tal vez- siempre supe que no sería, no viajaría, no cumpliría mis promesas. No de esa forma, al menos. En mi inocencia ininterrumpida (sagrada a estas alturas), fui profetisa y me desilusioné de todo antes de comenzar a creer. ¿Es posible abrir los ojos con asombro ante el amor que se ensalza como tal, sabiendo que más bien no es, que está disgregado en el espacio como un sistema lleno de planetas muertos?
¿Cuál es la probabilidad de que a partir de este cuerpo frágil, cual espejo a punto de hacerse añicos, pueda encender la Llama que no se apagará hasta el fin de los tiempos? La misma probabilidad que tuvo Odín cuando se sacrificó para obtener la sabiduría de las runas. Ninguna, y sin embargo, alcanzó su objetivo. Encendió el Fuego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario