Besó la almohada en un arranque de ternura
intempestiva, y brincó tres veces, tratando de tocar el techo con la punta de
la nariz. ¡Uno! La almohada salió disparada hacia arriba, por un agujero en el
cielo raso que nunca nadie percibió. No volvió a bajar. ¡Dos! Una flor amarilla
cayó de-nadie–sabe–dónde y se enredó en una de sus pestañas, para luego
metérsele en el ojo sin que se diese cuenta. Nunca salió de allí. ¡Tres! La
habitación tembló suavemente, mientras una música disparatada se posesionaba de
su cuerpo y bloqueaba sus poros con un aroma a noche extasiada. No, no depositó
sus pies sobre el piso otra vez.
Una brecha en la armadura. Un sueño. Una
mirada radiante. Una escalera. Dos almohadas en lo alto del techo. No, no
despertarás pensando que nada sucedió, no con esa sensación, si no con otra,
otra, otra más bella. Mira, pasó un ángel. Allí va otro, mírale las alas. ¿Las
imaginaste así alguna vez? No hubo respuestas, salvo un suspiro y una risita
ahogada. Muchos saltos, mucho vuelo. Ábreme los labios, sugerían sus ojos. Hay
tantas otras formas de comunicación. Pensaba en sumergirme en una nebulosa, tan
sólo para que me encuentres. No es tan fácil, hay muchas otras como yo.
¿Segura?
El cuarto brinco y no hay vuelta atrás. ¿Qué
se siente? Miles de lunas girando sobre ti, millones de meteoritos golpeándote
el pecho, trillones de estrellas cayendo, de a una, al suelo, para que las
recojas, si así lo deseas. Una flor flotando en mi mano, es el impulso de
lanzarla el que la hace llegar sin premeditaciones hasta ti. Gracias, susurró,
y desde el techo se dejó caer, a ver si se hacía añicos, o se transformaba en
rompecabezas.
No, no tardaría en a(r)marte, si es lo que
quieres.
(Septiembre, 2007)